Ayer.
Uno de esos días en los que me entraron ganas de bloquearme. De tumbarme en el suelo frío y mirar al techo, como solía hacer cuando tenía diecisiete. Pero no lo hice...sencillamente porque que mi cerebro y mi cuerpo se bloqueen ya no es lo mío. O no quiero que sea lo mío.
Tuve una especie de crisis de fe. Y no en Dios. Eso ya no me importa. Una crisis de fe en la humanidad. Y al principio no entendí por qué, al ir por la calle, todos me parecieron unos desalmados potencialmente peligrosos, pero luego comprendí, a través de un ejercicio de memoria, que últimamente casi todo el mundo me ha hecho daño. ¿Por tonterías? Sí, tal vez. Pero estoy harta de aguantar, aguantar y aguantar, de esforzarme en entender, en escuchar y en ayudar...muchas veces sin obtener nada a cambio, o incluso cosas malas.
A pesar de todo...fui a hacer algo de deporte, alguien especial me hizo reír a carcajadas y todo pareció transformarse un poco.
La madurez hace que las crisis no lo sean tanto y que me permita a mi misma ser algo más humana...dejando que quien quiera hacerlo, me dé la mano y me saque de los agujeros que a veces yo misma cavo.

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