Cuando mi padre me ha saludado con un simple "buenos días" esta mañana por whatsapp, nada más conectarme yo, solo he podido pensar una cosa: "no voy a volver a ver a mi abuelo nunca más". Ya tenía la certeza lo que me diría, y ni si quiera me he sentido asustada, porque mi abuelo llevaba años muriendo.
Las últimas veces que lo he visto, siempre sentado en el sillón de su salita, "como la Virgen de los Reyes", como dice una tía mia sobre la postura de mi abuelo, siempre venía a mi mente el mismo pensamiento: "pronto no estará". Llevaba enfermo mucho, mucho tiempo, pero los últimos meses han sido de caída estrepitosa...por eso, siempre que me despedía de él, dándole un beso en la mejilla suave y cálida, recién afeitada, le sonreía para que no tuviera miedo, para que supiera que le agradecía su callada presencia siempre que los visitaba y que, aunque no se lo dijera con palabras, fuera consciente de que lo iba a echar mucho de menos.
No creo que nunca pueda hacerme a la idea de que nunca más veré a Pepe Avilés paseando por la terraza de la casa de Mazagón, con su inteligente mirada clavada en algún periódico, o de pie en la orilla del mar con un gesto de paz enorme en su cara (el mismo que pone mi padre, tan parecido a él), o en su cocina cortando jamón cuando lo visitábamos, o en los almuerzos del día de San José con una sonrisa amplia cuando le llevábamos los regalos, o en el sillón de su salón, cuando lo pegaba a la tele para ver los partidos de su Sevilla F.C. y se reía (ha, ha, ha) de lo malos que eran los jugadores.
Soy consciente de que ese Pepe Avilés dejó de existir hace años, pero hoy, solo hoy, el día en el que se ha ido con su Virgen María, me doy cuenta de que no está. Ya no. Ahora solo queda asimilarlo.
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