Hay días, muchas veces semanas, en las que me veo a mí misma desde fuera, envuelta en una nube de polvo, muy quieta, mientras todo lo demás avanza. La sensación de pérdida del tiempo y de vida es tan brutal que me confunde y el polvo se vuelve aún más y más espeso, y no me deja ver. En ocasiones (muchas) es él quien tiene el poder de acudir a rescatarme de ese ciclón de sensaciones ininteligibles, me envuelve en sus brazos y logro respirar. Sin embargo, hay otros momentos en los que nada ni nadie puede hacerme abrir los ojos, tan solo el paso de los días y algo que me haga estallar, querer salir del aturdimiento dando brazadas largas, yo sola.
Una vez fuera, todo es más luminoso, más vivo y más fresco. Y merece la pena.
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