Mis padres no terminan de pillar que cuando tras cenar me encierro en mi cuarto es porque no me apetece hablar con nadie, y nada más que hacen entrar y salir de la habitación. Aunque eso suelen hacerlo todo el rato. Mi casa es grande, mi cuarto es grande, pero aun así, no siento que sea mío.
La vida es a veces muy paradójica, en mi caso se da en muchas ocasiones una circunstancia que no puedo detestar más: cuando me encuentro bien físicamente tengo razones para estar hecha polvo por dentro, y viceversa. No sé qué ha pasado, no he entendido en absoluto este tramo que llevamos del mes de diciembre y algo me dice que el futuro próximo está personificado en el marco de la puerta, con la mano levantada, esperándome para cuando quiera salir para pegarme una buena colleja.
No tengo más remedio que confiar en mi instinto, o mi intuición, o como quiera llamársele (me lo dije, he tenido que pensar muchas veces), y la verdad es que es una sensación que me hace ir encogida en el paso de los días, como esperando un mar de palos en todo el cuerpo. No disfruto demasiado por lo que pueda venir, no doy nada por sentado, no tengo nada seguro.
Parece mentira que hace tan solo un mes mi vida fuese plena y calma...

No hay comentarios:
Publicar un comentario