Hace unos días fue el aniversario de tu marcha.
El tiempo pasa volando, pero la herida que dejó tu pérdida ha cicatrizado. Ese día, a mis 23 años de edad (tarde, pienso yo) aprendí que, por suerte (de esto estoy segura) no somos eternos.
Y aunque ya no pueda verte, te siento. Porque estás en todas partes: en el rugir de las olas, en el olor de un libro, en un paseo por mi ciudad, en las historias de mi abuela. Existes.
Gracias por darme una última lección: la de mostrarme que somos seres finitos, y que cada día debe tener la oportunidad de ser el mejor de tu vida.
