martes, 14 de marzo de 2017

Lágrimas


Jamás pensé que diría esto...pero creo que puedo asegurarlo.

No creo en Dios.

En un día como hoy, es lo que más desearía en el mundo. Creer, tener fe, esa que antaño, en mi vida, era uno de mis motores más fuertes. Siempre me acompañó Ella, la Virgen María...siempre pensé que, como mujer, era quien me amparaba allá en el cielo. A Ella le recé todas las noches de mi infancia y mi adolescencia, a Ella le agradecí cada cosa buena que me pasaba, a Ella le pedí todo lo que deseaba y que consideraba importante. Dios, o Jesús, estuvieron siempre más lejanos, pero los sentía en mí, vivos, latentes. Y era bonito, ¡precioso!, tanto que a veces lloraba de emoción. 

Sin embargo, ya no queda nada de eso...más que una triste sensación de nostalgia, de cercanía tan solo por haber sido una tradición. Y, joder, me siento tan abandonada...tan sola, tan triste a veces al pensar que ya no brilla esa luz en mi interior...

De alguna forma sé que nadie me oye cuando hablo al aire como siempre he hecho, que rezar es una idiotez y que tan solo estoy yo y el resto de seres humanos en este apestoso planeta. Que cuando muera dejaré de existir para siempre, y que por tanto, cuando mis seres queridos se vayan, jamás volveré a tocarlos, a olerlos o a oírlos. Duele tanto...

Si pudiera creer, de verdad que creería. Pero hay una sensación aplastante que me lo impide.

Hoy he intentado rezar muchas veces. He puesto una vela delante de la estampita de la Virgen de la Esperanza (porque es lo último que hay que perder en estos casos), he hablado con Ella. Pero no la sentía. No estaba. Solo estaba yo, y una sensación de horror tan terrible que me producía un dolor punzante en la garganta, una rabia infinita por no poder hacer nada por una de las personas más importantes de mi vida.

Ni si quiera rezar.